Somos egoístas por
naturaleza, sobre todo cuando seguimos nuestros primeros impulsos.
Creo que es cuestión de tiempo eso de adquirir sentimientos. Según
lo que ofrezca la persona que tenemos delante la trataremos de un
modo u otro. Nos aferramos a un determinado tipo de humanos porque
necesitamos algo de ellos: un hombro sobre el que llorar, un alago,
un trabajo que organizar, un fraude que llevar a cabo. Incluso un
hombre con el que follar. No me mire así, ya debería estar
acostumbrado.
Supongo que lo que le
cuento no tendrá ningún sentido para usted. Lo que vengo a decir es
que si Marina no hubiese sido tan organizada, se situaba en un nivel
directamente proporcional a mi caos, es probable que ella nunca
hubiese pesado tanto en mi vida. No sé que es lo que ella necesitaba
de mi, quizás fuese justo lo contrario. Un poco de algarabía para
ponerle a una vida de estudio un poco de felicidad. No creo que yo
fuera capaz de eso tampoco. Del intercambio de necesidades surgió
algo más.
Seguía sintiendo rechazo
por los de su clase, eso era más que obvio a los ojos de media
facultad, no traté de ocultarlo en ningún momento. Ni siquiera ante
usted. Pero Marina ponía empeño en demostrar que se lo merecía.
Tal vez pretendía convencerse de que así era. Ocurre sin cesar en
el tiempo que nos ha tocado vivir. La presión que ejercemos sobre
nosotros, sobre nuestros actos, es espantosa, y nunca estamos
convencidos de haber dado lo suficiente. Claro que eso sería lo
óptimo, ambos sabemos que rara es la ocasión en la que un individuo
decide superarse. Ella lo hacía. Y conseguía que hacer lo mismo
fuera fácil para mí. Por eso la necesitaba.
Trabajar unidas sólo
para conseguir un bien común. Daba igual que por dentro me
reprochara algo de la viciosa vida que llevaba, pero el objetivo no
era hacer amigos, era avanzar a paso ligero por la carrera y la vida
disoluta de los demás no venía a cuento si ellos eran los que nos
debían ayudar. Cero problemas. Cero reproches. El ‘yo adulto’ se
abría paso por nuestro comportamiento a pasos agigantados. De esta
forma conseguimos salir adelante. Los juegos de niños en la
universidad quedaban prohibidos. Ella lo sabía. Yo aún tardé un
poco en aprender.

Se acabaron las bromas. Llegó el momento de seguir creciendo.
ResponderEliminarUn abrazo Jen
Siempre hacia arriba.
EliminarUn abrazo Jaal
Pues no aprendas Jen, yo creo que cuando somos adultos hacemos el gilipollas de la misma manera que en la adolescencia y la juventud, solo que lo disfrazamos de reivindicación de un yo que actua desde la sabiduria y la eperiencia cuando al fin y al cabo se trata de seguir haciendo el cabra pero con corbata y canas.
ResponderEliminarUn besot, me ha encantado
Sí... Opino que a veces nos olvidamos del niño que llevamos dentro, ese que se ilusiona, y nos convertimos en adultos grises que tienen edad para beber y para votar, pero ninguna de las dos cosas sirven de nada.
EliminarUn beso Caroline