13 de febrero de 2013

2. Necesidad

Somos egoístas por naturaleza, sobre todo cuando seguimos nuestros primeros impulsos. Creo que es cuestión de tiempo eso de adquirir sentimientos. Según lo que ofrezca la persona que tenemos delante la trataremos de un modo u otro. Nos aferramos a un determinado tipo de humanos porque necesitamos algo de ellos: un hombro sobre el que llorar, un alago, un trabajo que organizar, un fraude que llevar a cabo. Incluso un hombre con el que follar. No me mire así, ya debería estar acostumbrado.


Supongo que lo que le cuento no tendrá ningún sentido para usted. Lo que vengo a decir es que si Marina no hubiese sido tan organizada, se situaba en un nivel directamente proporcional a mi caos, es probable que ella nunca hubiese pesado tanto en mi vida. No sé que es lo que ella necesitaba de mi, quizás fuese justo lo contrario. Un poco de algarabía para ponerle a una vida de estudio un poco de felicidad. No creo que yo fuera capaz de eso tampoco. Del intercambio de necesidades surgió algo más.

Seguía sintiendo rechazo por los de su clase, eso era más que obvio a los ojos de media facultad, no traté de ocultarlo en ningún momento. Ni siquiera ante usted. Pero Marina ponía empeño en demostrar que se lo merecía. Tal vez pretendía convencerse de que así era. Ocurre sin cesar en el tiempo que nos ha tocado vivir. La presión que ejercemos sobre nosotros, sobre nuestros actos, es espantosa, y nunca estamos convencidos de haber dado lo suficiente. Claro que eso sería lo óptimo, ambos sabemos que rara es la ocasión en la que un individuo decide superarse. Ella lo hacía. Y conseguía que hacer lo mismo fuera fácil para mí. Por eso la necesitaba.

Trabajar unidas sólo para conseguir un bien común. Daba igual que por dentro me reprochara algo de la viciosa vida que llevaba, pero el objetivo no era hacer amigos, era avanzar a paso ligero por la carrera y la vida disoluta de los demás no venía a cuento si ellos eran los que nos debían ayudar. Cero problemas. Cero reproches. El ‘yo adulto’ se abría paso por nuestro comportamiento a pasos agigantados. De esta forma conseguimos salir adelante. Los juegos de niños en la universidad quedaban prohibidos. Ella lo sabía. Yo aún tardé un poco en aprender.

4 comentarios:

  1. Se acabaron las bromas. Llegó el momento de seguir creciendo.

    Un abrazo Jen

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  2. Pues no aprendas Jen, yo creo que cuando somos adultos hacemos el gilipollas de la misma manera que en la adolescencia y la juventud, solo que lo disfrazamos de reivindicación de un yo que actua desde la sabiduria y la eperiencia cuando al fin y al cabo se trata de seguir haciendo el cabra pero con corbata y canas.
    Un besot, me ha encantado

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    1. Sí... Opino que a veces nos olvidamos del niño que llevamos dentro, ese que se ilusiona, y nos convertimos en adultos grises que tienen edad para beber y para votar, pero ninguna de las dos cosas sirven de nada.

      Un beso Caroline

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