(No pierde los
estribos fácilmente. Llevarle hasta este punto y que siga sin
levantarme la voz hace que sea el hombre que más paciencia ha tenido
conmigo en toda mi vida. Le daré un respiro, no quiero que esto se
alargue demasiado). Nos ahorraré tiempo a los dos y supondré
que sí, que usted también ha caído en su trampa, lo prefiero, no
me gusta pensar que he sido la única persona que ha tenido ese
problema alguna vez.
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| Fuente: Hipster Joint |
Sea más concisa, por
favor. Si se pierde en requiebros olvidaremos el hilo de la
conversación.
Pues no, no me siento
satisfecha, ni me enorgullezco de haberlo hecho, pero, ¿qué quiere
que le diga? (Estoy levantando la voz por momentos, parece que le
molesta mi ofuscación pero no intenta detenerme. Cada día me gusta
más. Es una verdadera lástima que nos tengamos que encontrar en
esta situación). ¿Qué si volviera hacia atrás no lo haría?
Pues no le puedo decir eso porque si lo hiciera le mentiría. Lo
volvería a hacer, seguro, tenía un problema.
¿No se arrepiente?
Claro que sí. En ningún
momento he dicho que no lo hiciera. Volver hacia atrás, en las
mismas circunstancias no cambiaría nada. ¿Cómo afectó su consumo
de cocaína en su relación con los demás? Afectó. Sólo eso. El
cómo tendrá que preguntárselo al resto de la gente que me conocía
en aquella época. Ahora parece que todos se hayan olvidado de mí.
¿Qué quiere decir?
Cuando parece que todo va
bien, cuando eres alegre, cuando no tienes problemas, todo el mundo
está interesado en hablar contigo, en saber como estás, en qué
haces o qué tienes intención de hacer. Salen amigos hasta de debajo
de las piedras. Pero a la que te conviertes en una persona incómoda,
huyen. (Siempre lo hacen).
Usted ya debía estar
acostumbrada a que eso le ocurriera. Según sus propias palabras,
nunca fue una persona muy popular.
Me costaba hacer amigos,
eso es todo. Las personalidades extrañas no encajan con facilidad.
Yo tengo una de esas personalidades.
¿Cómo encajaba la
cocaína dentro de esa personalidad extraña?
Me hacía parecer mejor
persona. Estaba convencida de ello. (No puedo ocultar nada cuando
me mira de esa forma. Ver que sus ojos brillan cuando pongo de mi
parte es una de las recompensas que recibo por ser sincera).
¿Y qué es, para
usted, ser una buena persona?
Ser una buena persona
nunca depende de uno mismo. Lo sabe. Depende de la percepción que
los demás tengan de ti. ¿Puedo fumar?
¿Por qué quiere
hacerlo?
¿Puedo hacerlo o no? (Sé
que mira por detrás de mis gafas, reconoce mi nerviosismo. ¿Por qué
sigue hincando el cuchillo?).
Sabe que no me gusta,
y que está más que prohibido, pero podemos salir al balcón si así
lo desea.
Me haría un gran favor.
(Cuando me empiezan a temblar las manos sólo la nicotina consigue
calmarme. Me enciendo el cigarrillo antes de salir a la terraza. Sé
que el humo le molesta, pero llegados a aquel punto no puede dar
marcha atrás. Aunque el aire es muy frío, estoy segura de que
dejará la ventana abierta durante todo el día. Soy la única que
puede fumar aquí. Me entristece).
Ahora continúe.
No recuerdo de que
estábamos hablando. (Le doy la espalda. Asomada al balcón, con
medio cuerpo hacia afuera, dejo que el aire me golpee antes de darme
la vuelta. Sé perfectamente de qué hablamos. Pero necesito tiempo
para serenarme. No puedo volver a lo mismo).
Hablaba de ser una
buena o mala persona.
Cierto. (No se da por
vencido, pero al menos ahora puedo volver a mirarle a los ojos).
Una persona es buena o mala según la ven los demás. Por ejemplo,
igual usted se tiene en alta estima y cree que nos hace un enorme
favor dedicándose a lo que se dedica, pero tal vez, y es sólo una
suposición, mi punto de vista es diferente y en lugar de ver a un
bendito que lo da todo por sus semejantes, veo a alguien que se
aprovecha de la desgracia ajena para hacer fortuna.
¿Quiere decir que ese
es mi papel en todo esto?
No, es sólo una
suposición. Es un ejemplo de lo que significa ser bueno o malo. No
dependía de mi ser buena o mala. Yo quería que me vieran como
buena, algo que no hacían con asiduidad.
¿Y por qué cree que
no la veían como una buena persona?
Se lo repito, eso tiene
que preguntarlo a los otros. No a mí. Yo sé quién soy.
¿Y también lo sabía
cuando consumía cocaína?
No. Cuando lo hacía era
otra persona. Alguien peor para mí, pero mejor para los demás.
¿Mejor?
Divertida, activa,
preocupada, implicada. Esa es la definición que todo el mundo hace
de bondad. Yo no era mala, no criticaba, no me inmiscuía en los
asuntos de los demás, siempre intentaba actuar en favor del bien
general, nunca del propio. Pero se ve que no lo hacía lo suficiente.
¿Y por eso se
drogaba?
Le acabo de decir que lo
hacía por lo apestoso de mi existencia. No por la imagen que
quisiera tener a los ojos de mi entorno.
¿Entonces por qué me
habla de buenas y malas personas?
Simplemente porque cuando
me drogaba los demás creían que yo era mejor. Ellos no sabían que
lo hacía, sino hubiese sido en balde. Pero si a sus ojos yo era
mejor, a los míos también, mi vida también, ¿me explico? (Y si
no lo he hecho que no espere a que se lo diga de nuevo. Tanta
verborrea me pierde).
¿Funcionaba siempre
así?
¡Qué va!
Me parece que no se
aclara. Primero me dice que se droga...
Drogaba.
Está bien. Primero me
dice que se drogaba porque su vida era un fiasco, ¿correcto?
Es usted listísimo.
Pero al mismo tiempo
arguye que la percepción de los demás sobre su persona también la
motivaba.
Era una motivación más.
No el detonante. Quiero que quede bien claro.
Si no la entiendo mal,
recurre a la cocaína porque quiere evadirse de “su mierda”.
¿Cuándo empezó a creer que estaba rodeada de ella?
Supongo que fue al entrar
en la universidad. Era cinco años mayor que el resto, no tenía
tanto tiempo ni tantas ganas. Había puesto mucho empeño en llegar
hasta allí pero cuando llegué perdí fuelle. Solamente quise seguir
caminando, y no conseguí la ayuda que esperaba para seguir
haciéndolo.
Quiso seguir
caminando. ¿Qué ocurrió para que se detuviera?
Cansancio, supongo.
Trabajar y estudiar al mismo tiempo al ritmo que me exigía era duro,
no supe hacerlo, no se me daba bién. No lo soporté. (La desidia
ha sido siempre mi principal debilidad).
¿Ocurrió algo más
en aquella época que fuera digno de mención?
No que yo recuerde.
Saltaba de trabajo en trabajo, vivía con mis padres, mi hermano y
una abuela que cada día perdía más el norte. Odiaba mi casa, mi
vida. Pero no sucedió nada extraordinario. Novios que se dejan,
trabajos que se pierden, familiares que enferman. Lo que le ocurre a
la gente normal. Tal vez fuera por eso, ¿no cree? Todo debía ser
digno de mención para que me metiera en ese mundo. No lo hice a
conciencia.
Pero para drogarse uno
debe ser consciente de que lo está haciendo.
¿Quién tergiversa a
quién? (Siempre ha sabido usar muy bien las palabras, sé que no
lo hace con la intención de molestarme, pero a mi me gusta darle un
poco de juego. Llevo tanto tiempo aquí que deseo que lleguen los
domingos para hablar un rato con él y ejercitar la agilidad mental.
Es un hueso duro de roer).
No se lo tome todo
como un ataque personal, por favor, lo único que pretendo es que
usted se de cuenta de que tenía otra opción.
Claro que tenía otra
opción, no soy idiota. Siempre tenemos otra opción. Playa o
montaña, piso o chalet, coche rojo o negro. Para todo existen
alternativas.
¿Cuál era la suya?
No lo sé. Si lo hubiese
sabido no me hubiese decantado por aquella droga. No veía nada. No
quería tener pasado, pero tampoco veía el futuro demasiado claro.
Necesitaba algo con lo que poder continuar el camino, algo que no me
despistara del objetivo.
¿Cuál era su
objetivo?
Ser periodista.
¿Está segura?
Eso era lo que quería
entonces.
Ha cambiado de
parecer.
De parecer no, sólo he
cambiado las formas. Verá, en el mundo del periodismo, y en el mejor
de los casos, todo se mueve bajo el control de las grandes empresas.
También nos encontramos con medios de comunicación sometidos al
control gubernamental y yo no estaba dispuesta a tragar con ello.
¿Fue entonces cuando
se refugió en la adicción?
No, no. (Y
dale). Mi adicción comenzó mucho antes de que yo
empezara a trabajar en algún medio de comunicación. Primero fueron
la marihuana y la cocaína, sólo después llegó el desengaño de
los mass media.
¿A qué desengaño se
refiere?
De eso ha pasado ya mucho
tiempo. ¿De verdad encuentra este episodio relevante? (Mira el
reloj. Creo que ha llegado el momento de salir del despacho y
dirigirme a la habitación, pero no me dice nada. Se queda un rato en
silencio, es tan melodramático que a veces creo que la historia le
interesa de verdad).
Pues la verdad es que
sí. Los desengaños han sido una constante en su vida. Cuando creo
que ya no puede haber ninguno más, usted suelta la gran perla, un as
en la manga que tenía escondido desde tiempos inmemoriales. Me causa
mucha sorpresa, la verdad. Nunca sé cómo reaccionar. No sé si lo
hace de forma voluntaria o, al contrario, si no tiene conciencia de
estar ocultando información relevante.
Esto lo he hecho porque
he querido. (Desde hace un par
de semanas recuerdo las cosas con mayor nitidez que antes, lo sabe
pero no se enfada. Tal vez él también se haya acostumbrado a estos
juegos. Algún día, lo sé, reconocerá que además de divertidos,
son muy sanos para el intelecto. Me río y prosigo). Si
tiene tantas ganas se lo explicaré, total, es domingo y no tengo
nada que hacer.
Al fin. Mira que le da
vueltas a las cosas, ¿eh?
Le exaspero, lo sé, esa
es mi intención. Vamos, ríase, si lo está deseando. (Unos
segundos más de carcajadas). Ya basta. (Respiro hondo y me pongo
seria, el tema es delicado). Para que me comprenda bien
quiero ponerle en antecedentes.
¿Se da cuenta de que
esta sesión no va a acabar nunca?
Intentaré ser breve si
deja de interrumpirme. (Parece que guarda silencio). En
segundo de carrera hice unas prácticas, sin contrato ni nada que se
le pareciera, en una televisión local como presentadora de un
programa de entrevistas. Aquello me encantaba, no cobraba nada pero
por lo menos me servía para perder el miedo a hablar con los demás.
Todo en aquel programa era de escasa calidad pero nos divertíamos
haciéndolo. Uno de los realizadores me comentó que un diario
digital necesitaba una auxiliar de redacción y me propuse para el
puesto. Iba a tener mi primer contrato laboral como periodista mucho
antes que el resto de mis compañeros. Todas mis aspiraciones se
estaban cumpliendo. Cuando llegué a la redacción de aquel diario lo
primero que me sorprendió fue que la persona que me recibió no era
periodista. Bendito nepotismo, su padre era el jefe de redacción de
la sección catalana de un diario digital nacional. Al mismo tiempo,
el jefe de redacción estaba casado con la madre de la susodicha, una
mujer que, si no entendí de forma errónea (y en aquel entonces
yo escuchaba muy bien todo lo que me decían porque para eso me
estaban educando en la carrera), trabajaba para la mismísima y
excelentísima consellera de Sanitat de la Generalitat de Catalunya.
La hecatombe llegó cuando a esta discreta, aplicada y jovencísima
periodista se le ocurrió publicar una noticia que no era del gusto
de la señora consellera. Ni más ni menos había hecho cimbrear los
cimientos de un hogar. Y yo sin saberlo. Me llamaron mentirosa y,
entre otras cosas, insinuaron que la noticia era inventada. Nunca más
he vuelto a ejercer. Y al poco tiempo dejé la carrera.
Imagino que fue un
golpe duro.
Mucho. Tardé meses en
volver a levantar cabeza pero ya nunca fue lo mismo. Me desvié de
nuevo. (Y me separé también por desidia de Marina).
Hasta que apareció
Andrea.
Exacto.
Me temo que tendremos
que continuar con la conversación en otro momento. Nuestro tiempo
por hoy se ha acabado. La espero el próximo domingo a la misma hora.
¿No podría ser un poco
más tarde? Ya sabe que por las mañanas me cuesta mucho ponerme en
marcha.
¿A estas alturas y
aún pretende que le cambiemos el horario?
Nunca es tarde para darme
una opción viable, tengo que intentarlo hasta que lo consiga. “Hazlo
o no lo hagas, joven padawan”. Además, mi cara por la mañana no
es la mejor con la que puedo venir a verle.
No está aquí para
ligar, este no es su bar. Hasta mañana. Y cierre la puerta al salir.
(Ni
siquiera me mira cuando se despide. Me niego a creer que sea como
todos los demás).


